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¡A quién se le ocurre aprender finlandés !

Etienne Rolland-Piègue - Séoul, République de Corée - 11 mars 2014

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Todos hemos oído hablar de esos diplomáticos políglotas, capaces de aprender un nuevo idioma en pocas semanas y de añadirlo a un palmarés en el que los idiomas son más numerosos que los dedos de las dos manos. En realidad, estas personas son más bien escasas. A muchos de nosotros les cuesta conservar el nivel en los idiomas presentados al pasar las oposiciones para entrar al ministerio o adquiridos con grandes dificultades en las primeras etapas de su carrera. Después de cambiar varias veces de país, el deseo de aprender un nuevo idioma va decayendo, hacemos menos esfuerzos y tendemos a confinarnos al inglés para las entrevistas de trabajo, poniendo al mismo tiempo de relieve nuestro apego por el francés, “lengua oficial de la diplomacia”.

Cabe decir que nuestro entorno profesional no siempre nos anima a sumergirnos realmente de lleno en los idiomas. La oferta de cursos de idiomas del departamento de formación es de calidad, pero no siempre es compatible con la carga de trabajo de un redactor o con las exigencias de sus superiores jerárquicos. Me acuerdo de mi primer subdirector que, al enterarse de que yo estaba siguiendo cursos los sábados en el Instituto Cultural Finlandés, me miró con ojos desorbitados y me dijo imitando a Louis de Funès : “¡finlandés ! ¡A quién se le ocurre aprender finlandés !”

Sin embargo, conocer la lengua del país donde residimos ofrece muchas ventajas. Los contactos son más sencillos, se traba amistad más rápidamente con la población local, y comprendemos mejor el contexto político y social del país. ¿Podríamos dar crédito a las afirmaciones de un académico que escribe sobre un país sin dominar el idioma ? No es fácil dominar perfectamente un idioma al que no hemos sido iniciados durante nuestros estudios, pero adquirir competencias lingüísticas laborales está al alcance de aquellos que se toman la molestia.

En realidad, no faltan oportunidades para aprender un idioma cuando estamos en el extranjero. Además del idioma del país, al que podemos iniciarnos o perfeccionarnos gracias a los cursos organizados por la embajada, es posible beneficiarse de la oferta lingüística local de cursos nocturnos. Fue así como empecé a aprender chino en Washington, que pasé el Test of Proficiency in Korean en Tokio, y tengo la intención de practicar mi alemán en Seúl matriculándome en el Instituto Goethe. He aprendido a adelantarme a las jugadas y a repasar las secuencias anteriores para conservarlas mejor en mi memoria, manteniéndome totalmente concentrado en la partida que se está jugando.

Los estudios de idiomas no son un mero pasatiempo, sino que deben considerarse como una verdadera inversión profesional. Las empresas o las colectividades locales que buscan un diplomático para ocuparse de sus relaciones internacionales insisten generalmente en las competencias lingüísticas asociadas al perfil. Los estudios de idiomas nos permiten conservar nuestro puesto ante nuestros colegas europeos que, con frecuencia, pasan de un idioma a otro sin dificultad y aceptan con gusto hablar francés pues saben que su interlocutor también puede expresarse en el idioma de ellos o en otro idioma.

Asistir a cursos de idiomas también permite conocer nueva gente. Al matricularme para los cursos de chino mientras me encontraba en desplazamiento en la sede del Banco Mundial en Washington en el marco de una prestación de servicios, tuve la oportunidad de frecuentar al futuro representante especial del Treasury Department de Pekín, a un alto funcionario del Ministerio de Educación coreano con el que volví a tomar contacto al llegar a Seúl, y a una joven china que intercambiaba cursos de chino contra cursos de francés, con la que volví a encontrarme más tarde en París, casada con un rico hombre de negocios. Gracias a la frecuentación de los cursos del Instituto Cultural Coreano de Tokio y de los círculos de habla japonesa de Seúl, aprendí a poner en perspectiva el enfriamiento de las relaciones diplomáticas entre los dos países. En mi opinión, las veladas en Tokio en las que el makgeolli coreano corría a raudales, o las degustaciones de sake japonés en Seúl, contribuyeron considerablemente a reforzar la amistad entre los pueblos.

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