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El árabe y yo

Thierry Vallat - Quai d’Orsay, Paris, France - 26 novembre 2014

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Cuando busqué, al volver a Francia, un centro en el que mis hijos pudieran seguir estudiando árabe, me enfrenté a las dificultades clásicas en este tipo de situación, relacionadas con la distancia, los horarios y la calidad de la enseñanza.

Pero a lo que no me esperaba era a que ello suscitara a veces extrañeza, incomprensión e incluso suspicacia. « ¿Pero por qué quiere que sus hijos aprendan árabe ? » Probablemente esa sea la pregunta que más veces he oído, en muy distintas versionas a las que en ocasiones se sumaba una pregunta sobre mis creencias religiosas.

Nunca me he enfrentado a semejantes preguntas cuando he apuntado a nuestros hijos a clases de inglés y tampoco creo que me has hubieran hecho si hubiera querido que estudiaran español, alemán o chino.

¿Entonces ? ¿Acaso el árabe no es un idioma como los demás ? ¿Acaso querer que lo aprendan los niños puede ser peligroso para su futuro ?

Sé muy bien que la imagen de este idioma se ha visto manchada por el uso que hacen de ella algunos grupos terroristas, como Al Qaeda o el Estado Islámico, por hablar solo de los más recientes y más conocidos. Pero reducir el árabe a la mera expresión de unas pocas entidades fanáticas y ultraminoritarias es igual de absurdo que afirmar que el alemán es una lengua de nazis.

El árabe es, ante todo, una de las grandes lenguas de comunicación internacional. Tiene más de 300 millones de hablantes, es una de las seis lenguas de trabajo de la ONU. También es la lengua oficial de varias potencias regionales económicas, financieras o geoestratégicas. De hecho por ello el Ministerio francés de Asuntos Exteriores contrata específicamente a personal que hable árabe y muchas de esas personas desarrollan en dicho ministerio una carrera notable.

Se trata también de una lengua con la que nuestro país mantiene una gran cercanía, que hace de ella, sin lugar a dudas, la más conocida de las lenguas extranjeras más raras, como demuestra la gran cantidad de palabras francesas de origen árabe. La geografía, la historia y las realidades humanas explican seguramente esta relación ambigua con la que es, hoy en día, la primera lengua extranjera más comúnmente hablada en Francia.

Aprender árabe supone pues dotarse de una herramienta irremplazable de comunicación con una parte ineludible del mundo, como tan bien entendió el rey Francisco I cuando creó en 1530 la primera cátedra de árabe en Francia.

Pero reconozco que no quiero que mis hijos aprendan árabe solo para que encuentren más fácilmente su lugar en el mundo multipolar del mañana. Es también, y puede que ante todo, porque me parece una lengua maravillosa, a la vez poética, matemática, artística y filosófica. Tiene una gramática extremadamente lógica. La caligrafía y la sonoridad del alifato son de una belleza sin par. Tiene un vocabulario infinito y una estructura que transmite conceptos que pueden transportar muy lejos a uno.

Cuando era pequeño ya me fascinaba el árabe que percibía como una especie de código secreto cuyo conocimiento era la clave para acceder a algunos tesoros escondidos. No estaba tan lejos de la realidad. He sentido un placer inmenso al abrir una a una las primeras puertas de este templo sagrado y deseo que todo el mundo tenga la oportunidad y la paciencia de hacer lo mismo.

Por la disciplina y el rigor que requiere, por la frustración y los momentos de desánimo que produce, el aprendizaje del árabe puede equipararse con el del latín. Pero por su increíble capacidad de adaptación, el árabe también es una lengua muy viva. Gracias a sus mil y una caras, permite por igual evocar lo sagrado, cantar al amor, tratar del exilio o describir una revolución.

Sabiendo todo esto, ¿cómo podría haber privado a mis hijos de la suerte de aprender árabe ?

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