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En Kabul, vivimos como en un submarino

Jean-Michel Marlaud - Kaboul, Afghanistan - 17 mars 2014

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Hace algunos días me contactó una periodista que preparaba un artículo sobre las embajadas situadas en países « de riesgo » y deseaba ilustrar su propósito con un testimonio. Retomó en su título una frase que yo había pronunciado : « En Kabul, vivimos como en un submarino ». Al leer estas palabras, me hice preguntas. Basta con levantar la cabeza para ver las cumbres nevadas de esta capital situada a 1.800 metros de altura. ¿Cómo se me había ocurrido esta imagen de un submarino ?

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L’ambassade sous la neige
Photo : Ambassade de France à Kaboul

El submarino

Y sin embargo, de eso se trata. Al igual que un submarinista que alterna los períodos de inmersión y de superficie, llevamos un ritmo de vida muy estricto : diez semanas en Kabul, sin posibilidades reales de respirar, seguidas de una estancia en Francia.

Es verdad que llevamos una vida profesional casi normal : participamos en reuniones, hablamos con nuestros interlocutores afganos o internacionales. ¿Pero como comprender la realidad de este país cuando viajamos sólo en vehículos blindados, y un paseo o un imprevisto es algo imposible ? Las normas adoptadas tras un reciente atentado no han hecho más que reforzar nuestro encierro : cualquier salida que no sea profesional está prohibida o estrictamente vigilada cuando se trata de hacer algunas compras indispensables para la vida cotidiana.

El Capitán Nemo

Esta situación genera una sensación de frustración aún más fuerte porque los que tienen la suerte de salir de Kabul para visitar proyectos o reunirse con las autoridades locales aprecian la belleza de los paisajes y los vestigios del brillante pasado de este país : Herat, la antigua capital timúrida, Mazar-e Sarif y la tumba de Ali, el valle del Panchir hecho famoso por Masud…. Nuestro submarino no está ciego y, como en una novela de Jules Verne, podemos ver furtivamente por los ojos de buey las maravillas que nos rodean y de las que estamos privados. Maravillas pero también dificultades de una población que, después de treinta años de guerra y luego de oscurantismo talibán, sigue siendo víctima de la violencia y la miseria.

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Vallée du Panchjir
Photo : AFP

Último punto común con un submarino : el hacinamiento. Por razones de seguridad, vivimos todos en dos sitios, más bien amenos y verdeantes. Pero el espacio sigue siendo limitado, los que tienen menos suerte deben conformarse con contenedores habilitados, y las comidas se hacen en común. En este entorno sin cónyuge ni familia, los riesgos de conflictos de vecindad se añaden a las dificultades que, como en todas partes, pueden surgir en el trabajo.

¿Víctimas o privilegiados ?

Entonces, ¿qué hacemos allí ? ¿Cómo es posible que haya candidatos ? Las motivaciones personales son diferentes según los individuos, pero cada uno reconoce que encuentra compensaciones a las restricciones.

La primera se refiere a los propios afganos. A pesar de las adversidades, han conservado sus tradiciones de hospitalidad, su generosidad y esa belleza que fascinó a tantos viajeros y fotógrafos. Mientras lamentamos la uniformización del planeta, estamos aquí frente a un mundo radicalmente diferente, que nos obliga permanentemente a tratar de mantener un equilibrio entre el respeto a esta diferencia y la afirmación de nuestros valores. Probablemente sea la condición de la mujer el tema en torno al cual este conflicto es más fuerte.

¿Cómo no quedarse fascinado ? Afganistán está en la encrucijada entre varios mundos. Behzad desarrolló el arte de la miniatura « persa » en Herat ; Babur, primer emperador mogol, está enterrado en Kabul ; Mawlana Rumi, fundador en Turquía del movimiento de los derviches giróvagos, nació en Balj ; los turcomanos afganos llegaron en los años 1920, escapando de la avanzada soviética... Fue aquí donde se inventó el término « Gran Juego », en la época en que se enfrentaban los imperios británico y ruso. Y el período en que vivimos es excepcional : doce años después de la caída de los talibanes, se abre una nueva etapa con elecciones presidenciales que llevarán, si todo va bien, a la primera transición democrática de la historia del país, y con el fin de la intervención de la OTAN en su forma actual.

Por último, el riesgo de conflictos entre las personas ha resultado hasta ahora más teórico que real, ya que cada uno contribuye a mantener un ambiente de amistad. Esta constatación personal coincide con las conclusiones de un psicólogo enviado por la DRH.

Kabul no es un caso único. Otros colegas en el mundo experimentan este tipo de situación. Estarían probablemente de acuerdo conmigo en decir que la suerte que tenemos de ejercer esta profesión en condiciones fuera de lo común, la debemos primero a nuestros cónyuges y familiares, que han aceptado dejar que nos marchemos, a veces con preocupación, y deben continuar con su vida cotidiana de la que estamos en gran parte ausentes, a pesar de Skype e Internet.

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