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Historia sin palabras

Christophe Le Rigoleur - Thessalonique, Grèce - 18 septembre 2015

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Mis ojos no consiguen separarse de ese objeto que tan bien y con tanta ironía resume el drama humano que se está viviendo en este lugar. Está tirado, inerte, abandonado, cubierto de barro. Es un osito de peluche, parecido a todos los que acompañan las noches, los juegos y las pequeñas penas de nuestros hijos. Ha sido arrancado de los brazos de su joven protector y yace, rodeado de basura, en el barro de los últimos metros de territorio griego antes de la frontera con la Antigua República Yugoslava de Macedonia.

Estoy en Idomeni, junto al ferrocarril que normalmente transporta viajeros y mercancías entre Tesalónica y Skopje, para continuar luego hasta Belgrado. Pero los trenes están silenciosos e inmóviles desde que se ha interrumpido el tráfico ferroviario.

En cambio, este ferrocarril enmudecido ve pasar cada día a miles de personas que vienen de la otra orilla del Mediterráneo huyendo de la guerra o de la tiranía. Para escapar de la muerte e intentar proporcionar un futuro a sus hijos. El osito de peluche embarrado confirma lo que nadie puede ignorar : miles de niños, de jóvenes adultos, de mujeres embarazadas han sido empujados a tomar la ruta del exilio. Mientras los grupos de 50 personas (da igual llamarlos inmigrantes o refugiados, eso no cambia la realidad de este instante) se suceden para pasar la frontera y continuar con su periplo agotador e incierto, los niños agarran inquietos la mano de su madre, de su padre o de un hermano mayor. Algunos duermen en los brazos o sobre los hombros de un adulto. No hablan, no juegan, no gritan como deberían hacerlo los niños a esas edades. No, observan a su alrededor, con una mirada llena de lo que no debería, aún, conocer : miedo y desconfianza.

No puedo imaginar lo que esos ojos han visto desde que salieron de Irak, de Siria o de Eritrea. Me gustaría hablar con ellos, pero ¿para decirles qué ? No puedo evitar intentar ponerme en su lugar, imaginar que debo dejarlo todo para cruzar los mares y recorrer carreteras en busca de una vida nueva. Siento su dolor y admiro su valor y su fuerza.

Yo estoy aquí para observar e informar de la realidad sobre el terreno y de la evolución de lo que los medios de comunicación llaman « crisis migratoria ». Es imprescindible, pero puede parecer inútil a la vista del drama que tengo ante mí.

A una señal de los policías griegos, un nuevo grupo de 50 personas se pone en marcha para pasar entre las alambradas de espinos que ahora marcan la frontera. Un pequeño del que tira una madre deja caer un peluche que acaba a mis pies. Ni él ni su madre lo han visto caer. Lo recojo, alcanzo al grupo y sin decir una palabra pongo el peluche en la mano de la madre. Me mira brevemente en silencio antes de alcanzar inmediatamente el grupo que cruza, en este mismo instante, otra frontera. Una victoria más.

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