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La galería de retratos

Etienne Rolland-Piègue - Séoul, République de Corée - 2 avril 2014

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Frente al despacho del embajador, en la sala de espera o el corredor concurrido por los visitantes, suele haber una galería de retratos de todos sus predecesores. Así ocurría en Tokio donde estuve destacado hace algunos años ; es también el caso en Seúl donde me encuentro actualmente.

La costumbre es hacer comentarios sobre estos retratos a los visitantes, nombrando algunas personalidades destacadas o contando algunas historias y anécdotas que jalonaron su misión. Así surgen las leyendas, al margen de la historia oficial o aprovechando sus silencios : pequeñas historias imposibles de comprobar o acontecimientos gloriosos que los colaboradores de la embajada se transmiten unos a otros a lo largo de los años.

Portraits à l’ambassade de France à Tokyo | Photo : Service de presse de l’Ambassade de France à Tokyo

… en el Japón

A la pregunta : “¿cuál fue el embajador de Francia más eminente en el Japón ?”, estaríamos tentados de responder parafraseando a André Gide : “Paul Claudel, desgraciadamente”. Ciertamente, en la leyenda dorada de la embajada, el embajador de Francia más eminente en el Japón no es Paul Claudel sino Missoffe, François Missoffe.

El retrato que lo muestra con gafas de cristales ahumados, indica que estuvo destinado entre 1964 y 1966. Sobre él se cuentan las historias más locas. Se dice que, siendo joven oficial de las Fuerzas Francesas Libres, lo hicieron prisionero en Indochina, que luego fue liberado en agosto de 1945 y que recibió la rendición de las fuerzas japonesas de ocupación. El comandante del campo de prisioneros, un oficial japonés, se inclinó ante él y le presentó su sable, con los brazos extendidos y el cuerpo doblado.

Muchos años más tarde, Missoffe pidió que ese oficial estuviera en la ceremonia de presentación de sus cartas credenciales ante el Emperador. Cuando se lo presentaron, fue Missoffe quién se inclinó ante él y le devolvió el sable que había conservado primorosamente.

Otra historia dice que Missoffe, a pesar de ser tuerto, tenía un ojo que todavía podía funcionar pero cuyo nervio óptico estaba irreparablemente dañado. Luego de una operación, donó ese ojo a un niño japonés ciego quien pudo así recuperar la vista.

Otras historias son menos favorecedoras. Tal embajador sigue arrastrando su reputación de mujeriego impenitente : no cejaba en su empeño de conquistar a las damas ni siquiera en su propio despacho. Tal otro, se dice, tenía más bien una afición por la bebida. Se recuerda a esa Excelencia gesticulando en una calle embotellada para intentar hacer avanzar el coche cuyo ilustre pasajero, un ex Presidente de la República, comenzaba a impacientarse al verse así bloqueado en el tránsito.

El propio Claudel tampoco está por encima de toda sospecha. Según un persistente rumor, cuando el gran terremoto de 1923, su primera preocupación fue ir a buscar a su hija que estaba de excursión en la península de Izu, en vez de preocuparse por la suerte de sus compatriotas. El biógrafo oficial de Claudel en el Japón, Michel Wasserman, quiso acabar con esa leyenda pero, aun así, sigue viva.

Portraits à l’ambassade de France à Séoul | Photo : Service de presse de l’Ambassade de France à Séoul

... en Corea

Los corredores de la Embajada de Francia en Corea también abundan de leyendas. Collin de Plancy, el primer encargado de negocios francés en Seúl, se convirtió en el héroe de una novela, muy a pesar suyo : en Li Chin, la novelista Kyung-sook Shin cuenta que él se casó con una bailarina de la corte y que se la llevó a Francia, donde ella frecuentó los salones parisinos y entabló amistad con Maupassant. La historia es, ante todo, una ficción ; ni siquiera es seguro que haya existido el personaje de Li Chin.

Roger Chambard, por su parte, merece su reputación del embajador de Francia más eminente en Corea. Estuvo destacado allí de 1959 a 1969 y entabló una relación privilegiada con el general Park Chung-hee, el padre del actual presidente, quien ejerció su función con mano de hierro durante el despegue económico del país. Es él quien vemos en las fotos de la colocación de la piedra inaugural de la presa hidroeléctrica de Palgang, construida con financiación y tecnología procedente de Francia. A su muerte, Chambard pidió que sus cenizas fueran dispersadas en el templo Haein, en la provincia de Gyeongsang.

Pero uno de los héroes de la galería de Seúl vivió una desafortunada aventura que no tiene nada de ficción y que sigue registrada en las páginas austeras de los textos de jurisprudencia administrativa. Georges Perruche, según indica el texto de su retrato, fue encargado de negocios en Seúl de marzo a julio de 1950, es decir, en el momento en que estalló la guerra de Corea. Cayó prisionero de las fuerzas norcoreanas y se pudrió en un calabozo durante todo el conflicto.

En el momento de su liberación se planteó un problema jurídico : ¿podía recibir los sueldos cuyo pago había sido interrumpido al dársele por desaparecido ? El Consejo de Estado decidió en su favor y fue reintegrado de pleno derecho. La jurisprudencia Perruche fue invocada al ser liberados los rehenes Marcel Carton y Marcel Fontaine, funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores destacados en el Líbano en 1985.

¿Qué embajador, al llegar a Seúl, no ha soñado ver con sus propios ojos la reunificación de las dos Coreas ? Todos se desilusionaron y, aunque el presidente Park hable de una reunificación pacífica que podría ocurrir “de la noche a la mañana”, en opinión de los expertos, eso podría demorar aún muchos años, incluso decenios. Entre tanto Francia no tiene embajada en Corea del Norte.

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