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Melé tejana en el país de los esmóquines

Denis Simonneau - Houston, Texas, Etats-Unis - 23 avril 2014

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> ¿Por qué apoya a los terroristas ? ¿Por qué odia a los judíos ? ¿Por qué abandona a sus amigos cuando defienden el mundo libre ?
> Permítame que le explique…
> No quiero conversar, quiero partirle la cara.

Este amable intercambio se produjo entre un hombre muy corpulento, vestido con un esmoquin negro y su servidor, en abril de 2003, algunas semanas después de la intervención de los Estados Unidos en Irak, en un gran hotel de Houston y durante una de esas numerosas fiestas de gala (más de 400 por año) que alimentan la vida mundana en la capital económica de Tejas.

De la gala a la partida de rugby

La Texas Medical Society decidió organizar su fiesta de gala anual eligiendo a Francia como tema de la velada. Francia, su Torre Eiffel, su gastronomía, su vida cultural, su “arte de vivir”, siempre hacen soñar a los estadounidenses.

Por ese motivo, en mi calidad de Cónsul General de Francia, me invitaron a pronunciar un discurso. Apenas terminé y regresé a mi mesa, un médico cincuentón se dirigió a mí, furioso por la posición adoptada por Francia en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, expresada por Dominique de Villepin, su ardiente Ministro de Asuntos Exteriores de entonces.

El incidente acabó bien : todos los hombres de la mesa se levantaron para interponerse ; la seguridad del hotel intervino para “alejar al agresor”.

Debo decir que nunca había sentido tanta agresividad desde la época de los partidos de rugby jugados en el liceo o en la Escuela de Ciencias Políticas pero, esta vez, parecía totalmente inesperada y el hecho de ir vestido de etiqueta no facilitaba la contraofensiva…

La scène se déroule dans un grand hôtel de Houston, lors de l’un de ces très nombreux galas qui nourrissent la vie mondaine de la capitale économique du Texas.

Mejor enemigo

Este episodio ilustra el período un poco particular que muchos diplomáticos franceses vivieron en los Estados Unidos entre 2003 y 2004. De nuestra condición de mejor aliado, en pocas semanas pasamos a la categoría de traidor absoluto. No convenía oponerse al clan de Dick Cheney y George W. Bush en el sur del país, en el corazón mismo de la “Bible Belt”. Si mis colegas de California recibían cartas de aliento y ramos de flores, si en Washington y Nueva York, las opiniones estaban divididas, en Miami, Atlanta, Nueva Orleans y, más aún, en Houston o Dallas, los apoyos a la posición francesa eran más bien raros y hacía falta bastante valentía para mostrar su amistad con Francia, su Ministro de Asuntos Exteriores o su Presidente de la República. Sin embargo, en Houston, George Bush padre seguía yendo a los restaurantes franceses y recordando su antigua amistad con Jacques Chirac cuya foto tenía en la antesala de su despacho, cuestión de dar a entender claramente a sus visitantes lo que pensaba de todo eso.

Asimismo, cuando explicábamos la posición francesa por la radio o la televisión locales, o incluso ante los estudiantes, con frecuencia se la entendía aunque no se la compartiera.

Sea como fuere, durante mucho tiempo recordaré esa gala de la Texas Medical Society. No estoy seguro de que Francia vuelva a ser invitada de honor pronto, a pesar de los numerosos médicos franceses que trabajan en el centro médico de Houston.

Desde entonces, siempre desconfío de los grandulones de esmoquin que se acercan a mi mesa con un aire de determinación y conservo el recuerdo de la mirada divertida del otro lado de la mesa. Por una vez ocurrió algo realmente divertido en una de esas fiestas que suelen ser interminables y demasiado previsibles.

De même, lorsque nous expliquions la position française à la radio ou la télévision locales, ou encore devant des étudiants, elle était souvent comprise, à défaut d’être partagée.

Quoi qu’il en soit, je me souviendrai longtemps du gala de la Texas Medical Society. Je ne suis pas certain que la France ait été de sitôt invitée d’honneur, en dépit des nombreux médecins français travaillant au Medical Center de Houston.

Désormais, je me méfie toujours des colosses en black-tie qui s’approchent de ma table d’un air déterminé et je garde en mémoire le souvenir du regard amusé de l’autre côté de la table. Pour une fois, il s’était passé quelque chose de vraiment divertissant dans ces galas souvent interminables et trop convenus.

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