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Mi epifanía, o « el diplomático de mañana »

Fabien Fieschi - Boston, États-Unis d’Amérique - 26 janvier 2015

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Cuando se vive y se trabaja en Boston, a veces uno tiene la sensación de observar el mundo encaramado a lo alto de un promontorio desde el que se puede observar cómo crece la revolución digital y ver cómo aúpa a algunos sectores de nuestro mundo hacia nuevas cimas al tiempo que precipita a otros a los abismos de la Historia.

La región de Boston es, de hecho, uno de los lugares en los que se está produciendo la revolución digital. A orillas del río Charles, en el espacio situado entre la Universidad de Harvard y el Instituto de Tecnología de Massachusetts, la investigación en nuevas terapias emplea hoy un enfoque, la genómica computacional, que debe su existencia al aumento exponencial de la potencia de los ordenadores. La acumulación de macrodatos, también exponencial, ha conducido aquíno solo al desarrollo de aplicaciones para teléfonos inteligentes sino también a la creación de una nueva disciplina llamada « física social » (que pretende describir las interacciones humanas con la misma fiabilidad estadística que la que se emplea en física). Además, al permitir la tecnología la movilidad y la ubicuidad, el término « multinacional », que otras veces estaba reservado a los grandes grupos, puede aplicarse hoy a empresas emergentes de menos de 10 empleados : con cofundadores en París y Boston, un empleado en Argentina, otro en Zimbabue y los desarrolladores en Moldavia y en el rincón más remoto de Siberia (nota : se trata de un caso real).

Boston también es el lugar en el que se analiza dicha revolución. La lectura, muy recomendable, de la obra de los profesores del MIT Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee « The Second Machine Age » [La segunda era de la máquina] permitirá entender mejor cómo la revolución digital, después de la de la máquina de vapor y la de la electricidad, está transformando nuestras economías y nuestras formas de trabajar, sobre todo cómo algunas tareas que pensábamos, hace solo unos años, que eran imposibles para los ordenadores y los robots, a día de hoy ya se pueden automatizar.

¿Y qué sucede con el oficio de diplomático ? Tuve mi epifanía hace un año, cuando organizaba en la residencia del embajador un « café para emprendedores », un ejercicio que reúne a todos los franceses de la zona interesados en la creación de empresas. El invitado del día era Jean Rauscher, fundador de la empresa Yseop, que comercializa el « primer motor de inteligencia artificial que escribe y se comunica como un humano ». Una de sus aplicaciones consistía en hacer que un ordenador redactara automáticamente a partir de cualquier base de datos o de internet una « nota de síntesis » sobre un tema elegido al azar. En unos pocos clics y en pocos segundos, el ordenador entregaba la nota : una o dos páginas redactadas en francés correcto, con algunos gráficos y « quesitos » para ilustrarlo todo. Un clic y un segundo adicionales permitían « naturalmente » conseguir el mismo resultado en una lengua distinta.

Es difícil no pensar, ante semejante « truco de magia », en las horas que he pasado durante toda mi carrera recopilando información y redactando con gran esfuerzo notas de síntesis como aquella. Los diplomáticos deben, pues, como los demás, intentar anticipar el impacto que va a tener la revolución digital en su profesión. La existencia de este blog, la multiplicación de los embajadores tuiteros o la sustitución de los « telegramas » por la plataforma colaborativa « Diplomatie » son solo unas muestras de que se está produciendo esta toma de conciencia en el ámbito de la comunicación.

Pero el día de mañana, ¿seguirán siendo los redactores los que se encarguen de los expedientes de las visitas ministeriales o se generarán automáticamente a partir de bases de datos del ministerio ? ¿Mi ordenador detectará inmediatamente las enmiendas aparentemente anodinas pero en realidad auténticamente maliciosas introducidas en un texto en plena negociación por mi homólogo sildavo ? ¿Y aceptarán más fácilmente sildavos y bordurios, para resolver sus diferencias, la mediación del Alto Algoritmo del Secretario General de las Naciones Unidas que la de su Alto Representante, que tiene fama de ser más influenciable ? Hablando en serio, ¿cuál será el papel y el aspecto de nuestras embajadas el día de mañana cuando, por un lado, la tecnología permite una ubicuidad y una movilidad cada vez mayores y, por otro lado, los peligros crecientes para la seguridad de estos lugares simbólicos hacen que corran el riesgo de convertirse en búnkeres ?

No tengo respuesta para estas preguntas, pero « visto desde Boston », y siguiendo la recomendación de los dos profesores del MIT, nos convendría « avanzar con las máquinas », utilizar sus capacidades y delegar en ellas algunas tareas en las que sobresalen. Así podremos liberar recursos y « tiempo de cerebro disponible » para aquello que los autómatas no consiguen hacer mejor que nosotros : el contacto humano, la empatía, la comprensión fina de los razonamientos, de las emociones y de la cultura del otro, entre otras cosas. ¿Acaso no es este, al fin y al cabo, el corazón del oficio de diplomático ?

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