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¿Para qué sirve el jefe de protocolo ?

Xavier Lapeyre de Cabanes - Quai d’Orsay, Paris, France - 28 février 2014

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El Primer Ministro está en el ascensor que llega al restaurante donde le ha invitado su homólogo de un Estado del Golfo arabo-pérsico. Es una cena sencilla, una docena de invitados, en un restaurante que no ha sido cerrado al público. Una forma de romper el hielo, de conversar libremente : como la forma incide sobre el fondo, nuestros anfitriones han escogido un lugar que pretende crear un buen ambiente. En realidad, no pudimos visitar el restaurante durante la misión de preparación de la visita del Primer Ministro, que hicimos dos o tres semanas antes – porque nuestros anfitriones todavía no sabían el lugar del encuentro. Al igual que los demás, lo descubro al llegar, lo que me obliga a improvisar ya que no ha sido posible preparar – ni tampoco, anticipar nada.

El ascensor es pequeño, sólo cabemos cuatro o cinco, incluido el Primer Ministro. Parte de la delegación está en otro ascensor que llegará unos segundos después.

No hay problemas, sólo soluciones

Cuando llegamos al piso, su homólogo saluda al Primer Ministro que, enseguida tiene la buena idea de querer “lavarse las manos”. Excelente iniciativa de su parte, que me deja dos minutos libres, el tiempo de correr a la sala para verificar que me parece adecuada la distribución de los comensales en la mesa. Y también de darme cuenta de que se han olvidado de la consejera en comunicación – a pesar de que me parece haber mencionado su nombre. Poco importa quién cometió el error, yo, la embajada que transmitió mis instrucciones, el protocolo de nuestro anfitrión o el restaurante. Lo indispensable es que el problema – de poca monta, es cierto – a pesar de que los egos de los consejeros no son siempre de poca monta – se resuelva antes de empezar la cena.

Somos invitados y no conozco al dueño del restaurante, nunca me ha visto, pero no me queda otra opción que decirle al personal que está al lado de mesa prevista para la cena oficial, aunque informal, que ponga un cubierto más – y comprobar rápidamente que, al agregar otro invitado, en la mesa no serán trece comensales. Tengo que ser muy convincente para que agregue de inmediato los cubiertos que le he pedido, después de comprobar que mi homólogo asiente.
Cuando, dos minutos después, el Primer Ministro llega con su homólogo, seguido por la delegación, todo está en orden. ¡Nunca hubo ningún problema !

La base del protocolo, la palabra dada

Luego todos toman asiento. Me siento en una mesa “técnica”, a proximidad de la anterior, junto con la seguridad del Primer Ministro, el médico y otros colaboradores que deben permanecer a la vista.
Apenas transcurridos tres minutos desde el comienzo de la cena, surge un problema : la inauguración de una universidad prevista para la mañana siguiente. En principio, nada grave pero la seguridad local ha decidido que toda nuestra delegación tendría que pasar por un portal de seguridad en dicha universidad, teniendo que dejar en una bandeja las llaves, los teléfonos, las gafas de sol, los cinturones y quién sabe cuántas cosas más. Nuestra delegación es numerosa : no sólo incluye al Primer Ministro y algunos miembros del Gobierno, sino también un gran grupo de parlamentarios, consejeros, universitarios, diversas personalidades, todos ellos personas para las cuáles representaría una afrenta a la República Francesa tener que pasar por el control de seguridad local. Además, eso nos haría perder mucho tiempo, algo siempre valioso en nuestros programas de visitas cronometrados.
A pesar de todo, nuestro responsable de la seguridad no ha logrado nada en su conversación con su homólogo local, que, de hecho, parece haber sido tensa.
Voy pues a ver a mi homólogo, que está sentado en otra mesa.Le explico la situación en unas pocas palabras.

“- A ver, amigo, ¿qué quieres exactamente ?”
> Me gustaría que se suprimieran los controles.”
Me mira y me contesta con una gran sonrisa : “¡De acuerdo !”

Vuelvo entonces a la mesa, más sereno, seguro de poder terminar mi cena con toda tranquilidad y aliviado por la decisión, que no es para nada mérito mío sino exclusivamente de mi interlocutor. Este final feliz no habría sido posible seguramente si mi homólogo no hubiera tenido la misma posición que yo, la misma actitud, es decir, que es absurdo dificultar una visita importante para nuestras autoridades recíprocas con procedimientos de seguridad aplicados sin discernimiento. No sé lo que hará ni cuándo, cómo y a quién dirá que las aproximadamente cuarenta personas que forman la delegación francesa no tienen que ser controladas. Me conformo con su palabra. Y la situación en la universidad, a la mañana siguiente, me confirma que no me he equivocado al tenerle confianza ; si hubiera dudado, habría pasado una noche espantosa siendo que, durante los viajes oficiales, tenemos tan pocas horas de sueño reparador.

Director de orquesta protocolar

El jefe de Protocolo, sea el que se ocupa del Jefe de Estado o el que tiene a su cargo al Jefe de Gobierno, siempre debe estar alerta. Es un director de orquesta : no tiene ningún instrumento a su disposición. No alquila los cuartos de hotel ni escribe las notas, no pilota el avión, no hace de intérprete, no pone la mesa ni conduce los coches, no decide tampoco la distribución de los cuartos ni del cortejo. Pero es el único que tiene toda la partitura en mente y que debe decir a cada músico de la orquesta, incluidos los solistas, cuándo empezar a tocar. Depende de todos los demás pero también ellos deben seguirle el ritmo. Y su única batuta, es su función – y la confianza que los demás han depositado en su capacidad de asumirla con profesionalismo, saber lo que hace y tomar las buenas decisiones al igual que hacer las elecciones adecuadas.
A diferencia del director de orquesta, no pretende ser el “maestro” ni la prima donna.
Quizás sea más bien un director de teatro que un director de orquesta : como el primero, determina dónde se pondrán los actores, cómo se vestirán, en qué momento estarán solos en el escenario, en función de la obra, para la cual habrá escrito las instrucciones sobre cómo actuar en función de las indicaciones del autor, y decide también si es necesario adaptar la obra a un público en particular ; a diferencia del segundo, no aparece en escena, debe hacerse invisible y permitir que sólo lo vean los actores ; el único que debe saber que está allí es el protagonista principal.
Quizás también sea un apuntador quién, más que dar las réplicas, indicaría los desplazamientos, las poses, los momentos de silencio o las posturas. Como el primero, es el que permite que los tramoyistas, decoradores, encargados de vestuario e iluminadores, entre otros, sepan cómo trabajar y qué resultado lograr. La obra puede ser excelente sin que nos demos cuenta de su trabajo porque la interpretación de todos será natural pero, si los hizo sobreactuar, si los actores se encuentran incómodos en el escenario, ¡será a él a quién abucheen !

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