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Una pequeña pieza francesa en la gigantesca maquinaria diplomática estadounidense

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Como es habitual en la Dirección de Prensa del Quai d’Orsay, el teléfono no deja de sonar al final de esta primavera de 2013. Inicialmente, me sorprendió recibir una llamada de Washington D.C., pues estaba inmerso en la redacción de un texto sobre el cautivador presupuesto de los 27 Estados miembros y había olvidado por un instante que pronto viajaría a la capital de EE.UU. para ejercer un nuevo cargo. Actualmente ocupo el de Portavoz adjunto de Asuntos Europeos. Una voz muy entusiasta me anuncia al teléfono, en inglés, que he sido seleccionado como “Ti-Di-eF”. Por mi parte, no tengo la más mínima idea de lo que significa esta sigla...

Un “Erasmus” para diplomáticos

Sin embargo, rápidamente cobro conciencia de que, más allá de la jerga, esta Comunidad Diplomática Transatlántica (TDF - Transatlantic Diplomatic Fellowship en la lengua del Nuevo Mundo) representa una oportunidad de oro. Fruto de una iniciativa estadounidense destinada a reforzar los lazos entre los Estados Unidos y una Europa en plena recomposición después de la Guerra Fría, la comunidad es, de hecho, una especie de Erasmus para los diplomáticos de ambos lados del Atlántico. Así pues, antes de incorporarme a la Embajada de Francia en Estados Unidos en el verano de 2014, voy a pasar un año en el famoso Departamento de Estado para descubrir las costumbres de mis colegas estadounidenses.

Y no soy el único. Cada año, unos diez jóvenes del Servicio Exterior de Estados Unidos cruzan el “charco”, como llaman los anglosajones el océano que nos separa. Mientras ellos pasan unos meses en los ministerios de asuntos exteriores de los países de la Alianza Atlántica, mis colegas europeos y yo nos dirigimos en dirección contraria hacia Washington D.C. Varias entrevistas telefónicas más tarde, me indican cuál será mi futuro servicio : la Dirección de Asuntos Públicos del Departamento de Estado. ¿Qué más puede pedir un joven diplomático publicitario ?

Un comienzo algo agitado

El avión aterriza en el aeropuerto internacional de Dulles un radiante día de verano. El empleado de aduanas ni siquiera pestañeó al ver los visados de Uzbekistán, China, Egipto… estampados en mi pasaporte. Tres visitas bastan para encontrar un apartamento acogedor (que no tengo que arreglar pues mis bártulos sólo llegarán por barco dentro de varios meses). En el trabajo, inmediatamente me entendí bien con mis nuevos colegas, adictos como yo a las noticias y las relaciones internacionales. Debo decir que el momento es perfecto : el Secretario de Estado estadounidense, John Kerry, acaba de recordar a todos que Francia es el aliado más antiguo de su país. En resumen, las cosas pintan bien.

Por fortuna, pues el trabajo se anuncia agobiante : los Estados Unidos –con la ayuda de Francia– lideran el esfuerzo internacional para desmantelar los stocks de armas químicas del régimen sirio y entablan luego un diálogo público con Irán durante la Asamblea General de las Naciones Unidas. Y aunque acabo de llegar, me veo participando ya en la organización de un debate entre John Kerry y el New York Times sobre Siria y, a continuación, en la comunicación milimétrica entre la Casa Blanca, el Departamento de Estado y el Presidente iraní, Hasan Rohani. Cuando éste último, retuitea a finales de septiembre un tuit que acabamos de publicar, entendemos este gesto como un paso más adelante hacia la reanudación de las negociaciones sobre el programa nuclear iraní.

Cinco meses más tarde

Han pasado cinco meses y las noticias siguen su alocada carrera. Así que mi integración en un equipo 100% estadounidense se llevó a cabo casi sin darme cuenta. Naturalmente, hubo varios malentendidos y momentos de soledad. Por ejemplo, ¡nadie mostró interés por la clasificación del equipo de fútbol francés para la Copa del Mundo, cuando diez minutos de cada reunión se dedican a hablar de fútbol... americano ! En mi opinión, un deporte que se juega con las manos, un casco y una camiseta con hombreras no es realmente fútbol ; sin embargo, me esfuerzo en llenar mis lagunas. Por ejemplo, uno de mis colegas me invitó a su casa el próximo domingo 2 de febrero en la tarde a ver el famoso Superbowl, el gran evento que marca el fin de la temporada y que desata grandes pasiones.
Como habrán imaginado, la experiencia es apasionante porque permite entender mejor el funcionamiento de la gigantesca máquina que es la política exterior de Estados Unidos. En mi servicio, ya conocía la calidad del trabajo del equipo de prensa del Departamento de Estado por el cargo que ocupaba anteriormente, pero no me daba cuenta de las muchas otras actividades de la Dirección de Asuntos Públicos. Entre estas actividades, me da mucho gusto poder contribuir a la estrategia digital y a la comunicación en las redes sociales de la administración estadounidense, un reto de futuro para la diplomacia y un verdadero placer para el geek que soy.
Pero este relato será para otra ocasión, si tengo la suerte de poder contarles próximamente un poco más sobre mi actividad transatlántica pues, después de todo, ¿qué mejor que un blog para hablarles de diplomacia en las redes sociales ?

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